Martes 4 de Mayo de 2010.
(Paro Minero en
la Provincia del Azuay).
En la ciudad el
ruido y la rutina han instaurado un silencio adormecedor. Los niños de barrigas
llenas, aún soñando en ser héroes de vídeo juego, van sonrientes a un cuadrado
lleno de pupitres fríos a aprender a sumar cansancios y restar preguntas.
Mientras los niños de barrigas vacías, aún sin dormir, por miedo a los
escuadrones de la muerte, sueñan simplemente con sonreír.
Los hombres de
provecho, vestidos con trajes negros o grises, aceleran sus motores para llegar
a sus despachos, sus clínicas, sus empresas, sus ministerios, instituciones que
mantienen de pie este cementerio de futuros y mañanas.
Las secretarias,
las cajeras, las camareras, las amantes, llegan cinco minutos tarde a sus
destinos, para acortarle tiempo a la jornada.
Una pareja de
enamorados camina bajo la lluvia, quizá imaginando paraísos deshabitados,
habitaciones de hoteles desocupadas, quizá simplemente imaginando esta ciudad
sin tanto apuro.
Y yo, en la
misma mesa de la cafetería de siempre, cada vez con más preguntas y menos
respuestas, apuro el último sorbo de café, enciendo otro cigarrillo, ansioso de
que el humo del tabaco me lleve en forma de señales hasta a ti.
Y así se
consumen los minutos, las horas, la vida. Y esta ciudad que nos muestra un
espejismo de absurda normalidad, nos consume, nos devora.
Inmersos en esta
selva de aparente tranquilidad, nos enajenamos, nos perdemos en una
individualidad parecida a la nada, que no nos permite escuchar y ver, que a
pocos kilómetros de estos edificios, los seres de la aurora y la utopía, con
sus pies trisados de tanto resistir, luchan por el futuro de ellos y de todos
los espectros que habitan esta selva de cemento. Luchan por obtener el fruto de
tantas batallas, el fruto que les robaron hace más de quinientos años.