martes, 5 de agosto de 2014

Me sorprendió la Barbarie.

Prometí ya no hacerlo,
recuperar el equilibrio,
comprarme un perro,
una televisión HD.

Pero me venció la angustia.
esa sensación de vacío
que sólo experimentan los borrachos 
y los profesores de Filosofía.

Me aburrieron la conversaciones cálidas
y sin esfuerzo.
El olor a limpio
de los cafés de moda.
Me venciste tú
mirándome tras la barra.

Ahora me pregunto:
¿Qué sentido tienen los días sin una dosis de amargura?
¿Qué sentido tiene el amor sin esas dosis de dolor y locura?
¿Qué sentido tengo yo, si no hago el papel de estúpido
mirando tu cuerpo desaparecer?

Hoy quería ser simpático,
bajar el volumen,
encender la calefacción.

Pero me sorprendió la Barbarie a la hora del té,
me sorprendió la guerra, los llantos,
las cometas sin alas.

Me sorprendieron las manos que cambian el mundo,
y una pared en la que leí:
"hoy es siempre todavía". 


domingo, 16 de febrero de 2014

Martes 4 de Mayo de 2010.
(Paro Minero en la Provincia del Azuay).

En la ciudad el ruido y la rutina han instaurado un silencio adormecedor. Los niños de barrigas llenas, aún soñando en ser héroes de vídeo juego, van sonrientes a un cuadrado lleno de pupitres fríos a aprender a sumar cansancios y restar preguntas. Mientras los niños de barrigas vacías, aún sin dormir, por miedo a los escuadrones de la muerte, sueñan simplemente con sonreír.
Los hombres de provecho, vestidos con trajes negros o grises, aceleran sus motores para llegar a sus despachos, sus clínicas, sus empresas, sus ministerios, instituciones que mantienen de pie este cementerio de futuros y mañanas.
Las secretarias, las cajeras, las camareras, las amantes, llegan cinco minutos tarde a sus destinos, para acortarle tiempo a la jornada.
Una pareja de enamorados camina bajo la lluvia, quizá imaginando paraísos deshabitados, habitaciones de hoteles desocupadas, quizá simplemente imaginando esta ciudad sin tanto apuro.
Y yo, en la misma mesa de la cafetería de siempre, cada vez con más preguntas y menos respuestas, apuro el último sorbo de café, enciendo otro cigarrillo, ansioso de que el humo del tabaco me lleve en forma de señales hasta a ti.
Y así se consumen los minutos, las horas, la vida. Y esta ciudad que nos muestra un espejismo de absurda normalidad, nos consume, nos devora.

Inmersos en esta selva de aparente tranquilidad, nos enajenamos, nos perdemos en una individualidad parecida a la nada, que no nos permite escuchar y ver, que a pocos kilómetros de estos edificios, los seres de la aurora y la utopía, con sus pies trisados de tanto resistir, luchan por el futuro de ellos y de todos los espectros que habitan esta selva de cemento. Luchan por obtener el fruto de tantas batallas, el fruto que les robaron hace más de quinientos años.