domingo, 16 de febrero de 2014

Martes 4 de Mayo de 2010.
(Paro Minero en la Provincia del Azuay).

En la ciudad el ruido y la rutina han instaurado un silencio adormecedor. Los niños de barrigas llenas, aún soñando en ser héroes de vídeo juego, van sonrientes a un cuadrado lleno de pupitres fríos a aprender a sumar cansancios y restar preguntas. Mientras los niños de barrigas vacías, aún sin dormir, por miedo a los escuadrones de la muerte, sueñan simplemente con sonreír.
Los hombres de provecho, vestidos con trajes negros o grises, aceleran sus motores para llegar a sus despachos, sus clínicas, sus empresas, sus ministerios, instituciones que mantienen de pie este cementerio de futuros y mañanas.
Las secretarias, las cajeras, las camareras, las amantes, llegan cinco minutos tarde a sus destinos, para acortarle tiempo a la jornada.
Una pareja de enamorados camina bajo la lluvia, quizá imaginando paraísos deshabitados, habitaciones de hoteles desocupadas, quizá simplemente imaginando esta ciudad sin tanto apuro.
Y yo, en la misma mesa de la cafetería de siempre, cada vez con más preguntas y menos respuestas, apuro el último sorbo de café, enciendo otro cigarrillo, ansioso de que el humo del tabaco me lleve en forma de señales hasta a ti.
Y así se consumen los minutos, las horas, la vida. Y esta ciudad que nos muestra un espejismo de absurda normalidad, nos consume, nos devora.

Inmersos en esta selva de aparente tranquilidad, nos enajenamos, nos perdemos en una individualidad parecida a la nada, que no nos permite escuchar y ver, que a pocos kilómetros de estos edificios, los seres de la aurora y la utopía, con sus pies trisados de tanto resistir, luchan por el futuro de ellos y de todos los espectros que habitan esta selva de cemento. Luchan por obtener el fruto de tantas batallas, el fruto que les robaron hace más de quinientos años.

No hay comentarios:

Publicar un comentario